Compartir

Aunque nos cueste creerlo, hay países a los que el Mundial no les interesa. Es más, muchos de sus habitantes ni siquiera saben que se va a disputar en un mes. Los resultados futboleros los tienen sin cuidado.

En Cuba, por ejemplo, les importa el béisbol (como ellos mismos lo pronuncian y lo escriben). Los estadios de cada una de sus ciudades están destinados a este deporte. Se trata de escenarios de cemento, con unas 30 mil personas de capacidad y varias ubicaciones con sillas móviles, que se desmontan una vez finalizado el juego.

En un país con pocos recursos económicos, y todos ellos austeramente administrados, quizás esas mismas sillas sirvan para albergar otro escenario de otro disciplina otro día. Los cubanos que logran destacarse en el beisbol, no tienen la posibilidad de jugar en la MLB (Major League Baseball) de los Estados Unidos. Salvo que prometan honrar a Trump y olvidar a Fidel (algo que no suele ocurrir).

Por esto, sus destinos capitalistas suelen ser Canadá o Japón. Ligas de segundo orden en lo deportivo pero con sueldos muy significativos. Y en las que no es necesario dejar de ser cubano para poder jugar.

Elías me mira con cara de pocos amigos. Se levanta con suma dificultad y juntos subimos las escaleras del estadio Calixto García de la ciudad de Holguín. De a poco se va amigando, decir que sos argentino te abre más puertas en Cuba que en cualquier otro lugar del mundo. Y empezamos a charlar, del precio ínfimo que sale la entrada de su deporte en su país y de lo caro que es ir a la cancha en la Argentina. Me cuenta que fue chofer de “guaguas” o, como le decimos nosotros, de colectivos, pero que ya está jubilado aunque prefiere seguir trabajando como guardia del estadio. Creé que los jóvenes cubanos se interesan más por el fútbol que las generaciones pasadas y el viaje le dará algo de razón.

A medida que atravieso rutas en condiciones precarias, esquivando carros a caballo, bicicletas, peatones, cabras y bueyes, veo muchos pobladores con camisetas de Barcelona. Casi como si fuese el único equipo que conocen o al menos el único del que pueden conseguirse prendas.

Durante los más de 1.800 kilómetros de viaje, la radio entrega pocas opciones y no tengo más alternativa que pensar. Imagino a los responsables de la Superliga intentando vender a los cubanos el codificado. Los veo con sus camisas celestes y sus zapatos náuticos, transpirados, revoleando las manos para espantarse los mosquitos.
Encarando esos ojos negros profundos y jurando que Olimpo o Temperley también juegan al fútbol. Que no se trata de un deporte diferente al del Barcelona. Y que el fervor y la pasión en Europa no se consiguen. Y que por estas y muchas otras razones inexplicables, vale la pena pagar para ver el fútbol argentino.
 Tengo que frenar, un caballo ocupa casi toda la calzada. Su dueño está con otro animal en la banquina. Yo espero como si fuera la reencarnación del Dálai Lama aunque por dentro no se si sacar fotos o putear. Sólo contemplo la escena con los ojos atentos y sin tocar bocina.
El hombre se acerca y tira de la cuerda con todas sus fuerzas. El caballo empieza a correrse de la ruta. Ahora si hago sonar la bocina pero en señal de ¿agradecimiento?. El cubano levanta el brazo saludando y sigo viaje.
Julián Armas. Nació en Berazategui un 10 de Julio de 1981. Es Periodista Deportivo ( @julyarmas ) y Entrenador Nacional de Tenis ( facebook.com/julianarmastenis ). Trabaja en radio y medios gráficos. Amante del fútbol, el tenis y el básquet.