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El 17 de junio de 1994 era viernes. Faltaban un par de semanas para que cumpliera 13 años y en esos días se hablaba de vocación y de prepararse para el mundo adulto. Parte de ese proceso era estudiar un idioma. Y así fue como llegué a la cultural inglesa. Un colegio alejado de lo que pasaba en mi horario escolar. No sólo alejado geográficamente, sino también desde la infraestructura y el orden.

Mi educación primaria y secundaria transcurrió en la escuela pública. Y esas tardes en un privado, más pequeño, con un perfil descontracturado, con una edificación minimalista y profesores “cercanos a los alumnos”, hacían que el contraste fuera difícil. Y si a esto le sumamos tener que estudiar inglés, idioma que nunca me gustó y siempre me costó aprender, el panorama era más complicado aún.

Mis notas en ese lugar siempre fueron horribles, a mis compañeros ni siquiera los recuerdo y menos aún a mi “teacher”. Lo que si tengo en la memoria es que no iba al baño durante la clase, porque debía pedir permiso en inglés para hacerlo y la vergüenza por mi pronunciación desastrosa hacía que me aguantara.

Pero comencé hablando del 17 de junio de 1994 porque ese día fue la inauguración del primer mundial que recuerdo en detalle. También sé que fue un viernes porque mis padres no permitieron que faltara a inglés y pudiera ver la fiesta y el partido inaugural.

Por aquellos años, el juego inicial lo disputaban el último campeón y un rival menor. En ese caso se trataba de Alemania-Bolivia. No sólo me perdí el gol de Klinsmann, para la victoria teutona por 1-0, sino que tampoco pude ver una inauguración larguísima, llena de banderas y niños girando por la cancha y vistas aéreas que mostraban un estadio repleto.

Lo que quedará para el recuerdo imborrable de aquel día es la imagen de Diana Ross corriendo  hacía uno de los arcos y pateando un “penal” a escasos metros de un arquero de cotillón. Lo bizarro del momento es que la cantante falló aquel gol casi hecho y de todas formas el arco se partió en dos, producto de cuatro muchachos que tiraban de una cuerda y hacían un efecto muy triste y poco futbolístico.

Paradójicamente ese Mundial iba a ser el primero que se defina desde los doce pasos. Y casi como consuelo a la pobre de Diana, en esa definición que coronó a Brasil, fallaría nada menos que Roberto Baggio, uno de los jugadores más exquisitos de la historia del fútbol italiano.

Lo que pasará este mediodía en Moscú parece mucho más tecnológico que aquel USA 1994 que vimos en una tele de tubo de escasas pulgadas. Con drones y cincuenta cámaras, también se han dado cuenta, por suerte, que la fiesta no puede durar más de media hora. Y no habrá paracaidistas, ni cantantes que pateen penales, ni arcos que se destruyen tirando de una cuerda. Nada librado al azar, todo previsible, a lo ruso, duradero y confiable con poco de inspiración instantánea.

Lo malo de estas características es que también valen para el partido que seguirá a la fiesta: Rusia-Arabia Saudita. Dos equipos con muy poco vuelo futbolístico y las condiciones técnicas de Diana Ross. Pero a quien le importa quien juegue o como lo haga cuando se trata de un Mundial. Ese mes mágico donde nada malo puede pasar, donde cualquier Costa Rica-Serbia parece un partidazo, donde nos permitimos volver a ser chicos e ilusionarnos como cuando teníamos 13 años.

Julián Armas. Nació en Berazategui un 10 de Julio de 1981. Es Periodista Deportivo ( @julyarmas ) y Entrenador Nacional de Tenis ( facebook.com/julianarmastenis ). Trabaja en radio y medios gráficos. Amante del fútbol, el tenis y el básquet.