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Cuando pasé por la pizzería y vi las cortinas cerradas pensé que no habían abierto. Me extrañó, pero mientras buscaba un lugar para estacionar vi gente que ingresaba por una puerta lateral. Acerqué el auto al cordón y fui a preguntar. A pesar de no ser un parroquiano, uno de esos tipos que van a ese boliche todos los días, había almorzado ahí alguna vez. El mozo me miró y me saludó con confianza, como si tuviera cara conocida. Una vez adentro elegí una mesa lateral, las del frente al televisor ya estaban todas ocupadas. Es fácil darse cuenta los días de partido, ya que las sillas miran todas para un mismo lado.

El volumen al máximo no me dejaba terminar con las últimas anotaciones y mensajes, antes de soltar la agenda y el celular para concentrarme en el partido. En los huecos que dejaban las cortinas veía como la calle se iba apagando. La gente pasaba apurada y los autos cada vez eran menos. Las primeras imágenes que pude ver fueron las de los jugadores de Argentina pasando por el túnel. Un señor mayor que estaba a dos mesas soltó el primer comentario: “Levanten la cabeza che, no hay que salir cabizbajos”.

Mientras tanto el mozo vivía su momento a puro gambeta. Pasaba esquivando gente que miraba el televisor hipnotizada mientras se sacaba lentamente la campera para colgarla en el respaldo de la silla. Salían los pedidos desde la barra como si fuera pleno mediodía aunque ya eran cerca de las tres de la tarde. Todos postergamos el almuerzo hasta la hora del partido. Veo que al encargado del horno se le piantan un par de lágrimas durante el himno. Se siente la emoción y crece el optimismo. Sale a relucir ese fuego que te empuja, esa excitación con la que necesitarías correr varías vueltas a la manzana para reducir la ansiedad. Puño apretado, dientes apretados y todo apretado con el comienzo del partido.

Sigo la pelota con un ojo pero con el otro veo las reacciones del resto de los comensales. Detecto que hay dos clases de hinchas: Los que miran fútbol habitualmente y se concentran en la pantalla como si estuviesen a punto de desactivar una bomba y tuvieran que elegir que cable cortar. Y los hinchas de Mundial. Los que pueden usar el celular, responder un mensaje, elegir la porción de pizza que más les gusta o servirse gaseosa, sólo levantando los ojos cuando el relato gana en intensidad o cuando las onomatopeyas de quienes los rodean así lo indican. Al terminar el primer tiempo las críticas tienen más que ver con el resultado que con el juego. Eso es una buena señal. Argentina no está ganando pero por un rato se habla más de la suerte que de la impericia o de que tan muerto es tal o cual jugador.

En el complemento con el error de Caballero comienzo a escuchar los hits de Selección: “Sampaoli vende humo”, “apurate che, que estamos perdiendo” y el entrañable “hacé un cambio”. En definitiva podemos percibir que la gente quiere: que el técnico deje de hablar del buen trato de pelota, que los jugadores hagan todo rápido y que entren muchos suplentes. A mí me gustaría más que den dos pases seguidos o que alguien cambie de ritmo pero prefiero no verter mis conceptos a la masa iracunda que comienza a decepcionarse cada vez más.

Antes de que termine el partido mi mirada se pierde por la ventana y noto que ya transitan algunos autos y personas apuradas, quizás rumbo al arco de Croacia, un destino poco visitado hoy por los argentinos. Cuando vuelvo la vista al interior de la pizzería el juego terminó. El mozo está sentado en una meza llena de servilletas usadas y platos sucios. Tiene las manos en la frente y los codos sobre las rodillas. Desde acá sólo puedo ver su pelo que le tapa la cara. El lugar está completamente vacío. El cocinero se apura a cambiar de canal como si eso lo hiciera dejar de sufrir.

Voy a esperar un rato más, no quiero molestarlos. El mozo se incorpora y dice que si mañana gana Nigeria todavía tenemos chances. El otro hombre lo ignora, como si le estuviera hablando de un tema que no le interesara. Junto mis cosas y dejo la plata sobre la mesa. Hoy prefiero no saludar, me retiro en silencio, tratando de no golpear la puerta y empezando a pensar en la vuelta a casa.

Julián Armas. Nació en Berazategui un 10 de Julio de 1981. Es Periodista Deportivo ( @julyarmas ) y Entrenador Nacional de Tenis ( facebook.com/julianarmastenis ). Trabaja en radio y medios gráficos. Amante del fútbol, el tenis y el básquet.