Compartir

La mañana esta fría, hay viento y hasta una garúa de esas que te invitan a quedarte en la cama. Acabo de ver el primer tiempo de Brasil-México y voy con un paso apurado para mirar el complemento en el gimnasio. Mientras camino pienso porque no me quedé en casa, calentito y tomando mates y la respuesta me llega instantáneamente: La culpa. Esa gran promotora de esfuerzos, que reconfortan a la larga pero molestan a la corta.

Veo a la gente con ritmo de trabajo y me pregunto: Será mejor trabajar o ir al gimnasio. Después me pierdo pensando en variables, en tipos de trabajo, en horarios y obligaciones que no me dan ninguna respuesta. Justo en ese instante unos gritos me sorprenden desde la vereda de enfrente. Una chica con la camiseta de Brasil y una bandera en la mano, canta algo inentendible en un balcón, mientras un caniche le ladra dando vueltas a su alrededor.

La joven está en remera, como si estuviera en Río de Janeiro. Yo sólo dejo ver mis ojos entre la campera y la gorra. La gente se da vuelta a mirarla sin que ella devuelva la mirada, solamente baila en el poco espacio que le queda entre la ventana y la baranda. Como soy un tipo tremendamente perceptivo, puedo sospechar que Brasil acaba de meter un gol y avanza a cuartos de final.

Puteo por dentro, culpándome por no haber salido antes de casa y no poder estar a tiempo en el gimnasio para tener una tele cerca. Otra vez la culpa, esa que no tiene la brasilera feliz, que sigue bailando sin importarle nada más en la vida.

Algunos días después sigo por la radio el Inglaterra-Colombia que se está jugando en Moscú. Escucho el gol inglés mientras subo y bajo del auto. Esta vez estoy trabajando y empiezo a sospechar que es mucho peor que ir al gimnasio.

Entro a una estación de servicio y toda la gente observa el partido como si se tratara del juego de nuestra selección. Me acerco a la caja mirando la tele sin poder despegar los ojos de lo que está pasando a miles de kilómetros. Colombia ataca con Uribe que saca un remate lejano pero potente. La pelota va a clavarse en un ángulo hasta que el arquero inglés aparece como la reencarnación de supermán y roza el balón para tirarlo por arriba del travesaño.

Todos se lamentan en la YPF y hasta algunos putean por la mala suerte de no haber podido empatar. Son los últimos segundos del partido, viene el córner desde la derecha, una camiseta amarilla ancha como un ropero se eleva más que el resto de los jugadores y conecta de cabeza de pique al suelo. La pelota sube después de tocar el pasto y hace inútil el intento por sacarla del defensor que esperaba en la raya del arco. Empata Colombia y estalla el recinto. Dos hombres se abrazan mientras saltan en el lugar, muchos gritan y avivan a los distraídos que se dan vuelta a ver qué pasó.

Unos minutos después llegaría la desazón cuando Inglaterra pasara a la siguiente ronda por penales. Nos iríamos callados a buscar nuestros autos para volver a la vida de todos los días. La de trabajar, ir al gimnasio y todas esas cosas que son más lindas cuando se entrecruzan con un Mundial.

Julián Armas. Nació en Berazategui un 10 de Julio de 1981. Es Periodista Deportivo ( @julyarmas ) y Entrenador Nacional de Tenis ( facebook.com/julianarmastenis ). Trabaja en radio y medios gráficos. Amante del fútbol, el tenis y el básquet.