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Una manzana entera sin casas ni edificios. Casi toda la superficie era de tierra con unas pocas manchas de pastos duros y una pista de atletismo de conchilla. Justo por el medio se distinguían los senderos que iba dejando marcados la gente que buscaba cortar camino. Allí pasábamos todas las horas que fuera posible. En épocas de clase desde el mediodía hasta la noche y en verano, volvíamos a casa a almorzar rápido y salíamos corriendo o en bicicleta, para volver al campito. Nuestro espacio multifunción, nuestro parque de diversiones, nuestra puerta a la libertad.

En ese lugar que estaba justo en la esquina de mi casa, aprendí a jugar a la pelota, a golpearme, a tratar de ganar, a que me fajen, a perder, a reírme hasta las lágrimas, a andar en bicicleta, a fracturarme, a compartir y a hacer amigos. Casi la totalidad de nuestras horas se dedicaban al fútbol, salvo que alguno trajera un bate de beisbol y consiguiéramos una pelota de tenis y unas piedras, que simularían las bases donde debíamos pisar, y comenzáramos a jugar a otro deporte. Sólo por un tiempo breve, hasta que volvía la número cinco. También había carreras en bicicleta o torneos de bolita. La vida de un nene que lo tenía todo: tiempo, juegos y amigos. No se necesita nada más hasta que te enamoras por primera vez.

El grupo era de unos siete u ocho chicos y algunos agregados, amigos de amigos o gente de otro barrio que se acercaba a medirse contra nuestro equipazo. La mayoría en edad de escuela primaria. Pero hubo un día que llegó al campito alguien mucho más grande que nosotros. Tendría unos veinte años y venía acompañado por su padre y un amigo. Se acercó al picado y preguntó si podía sumarse. Estaba vestido de futbolista de pies a cabeza, tenía botines, medias altas hasta las rodillas, short negro y  remera.

En algún tramo de los años noventa, una marca deportiva, confeccionaba camisetas de fútbol divididas a la mitad. De un lado llevaban los colores y el escudo de la selección y del otro el de alguno de los equipos de nuestro país. Este muchacho llevaba puesto uno de estos modelos que era enteramente celeste y blanco y tenía el símbolo de AFA de un lado y el de Racing del otro.

El padre con su amigo se sentaron detrás de los dos buzos o piedras que simulaban ser un arco y vivían el juego como si fueran sus representantes. Hacían comentarios entre ellos y especialmente evaluaban la actuación de su pupilo. La verdad es que no era un hombre lleno de virtudes, trataba de evitar el roce físico, a pesar de su ventaja de tamaño y el manejo de la pelota dejaba mucho que desear. Su parte “profesional” pasaba por la simulación de faltas y algunas mañas propias de futbolistas de primera, como envolver sus tobillos con los cordones antes de atarlos o escupir permanentemente.

Decidimos apodarlo “jugador frustrado”. Y así lo llamamos desde ese primer día, tratando de que él no se entere. Las jornadas siguientes repitió la rutina, llegaba con sus dos acompañantes, saludaba sin mostrar demasiado afecto a sus pequeños rivales y jugaba. Había momentos en los que el amigo de su padre empezaba a bostezar e intentaba disimularlo tirando algún comentario al aire. Nunca supimos a que se dedicaba, si había intentado ser futbolista profesional, si estudiaba o que imaginaba para su futuro.

Todavía algunos días cuando vuelvo a mi barrio lo veo pasar. Ya no vestido de futbolista, con un poco menos de pelo, la nariz aguileña y los ojos negros. No caminan con él su padre y el amigo. Siempre va solo. Nunca me anime a contarle que yo también fui un jugador frustrado.

Julián Armas. Nació en Berazategui un 10 de Julio de 1981. Es Periodista Deportivo ( @julyarmas ) y Entrenador Nacional de Tenis ( facebook.com/julianarmastenis ). Trabaja en radio y medios gráficos. Amante del fútbol, el tenis y el básquet.